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La zorra y las uvas
Fábula

En una mañana de otoño, mientras una zorra descansaba debajo de una plantación de uvas, vio unos hermosos racimos de uvas ya maduras, delante de sus ojos. Deseosa de comer algo refrescante y distinto de lo que estaba acostumbrada, la zorra se levantó, se remangó y se puso manos a la obra para comer las uvas.
Lo que la zorra no sabía es que los racimos de uvas estaban mucho más altos de lo que ella imaginaba. Entonces, buscó un medio para alcanzarlos. Saltó, saltó, pero sus dedos no conseguían ni tocarlos.
Habían muchas uvas, pero la zorra no podía alcanzarlas. Tomó carrera y saltó otra vez, pero el salto quedó corto. Aun así, la zorra no se dio por vencida. Tomó carrera otra vez y volvió a saltar y nada. Las uvas parecían estar cada vez más altas y lejanas.
Cansada por el esfuerzo y sintiéndose imposibilitada de conseguir alcanzar las uvas, la zorra se convenció de que era inútil repetir el intento. Las uvas estaban demasiado altas y la zorra sintió una profunda frustración. Agotada y resignada, la zorra decidió renunciar a las uvas.
Cuando la zorra se disponía a regresar al bosque se dio cuenta de que un pájaro que volaba por allí, había observado toda la escena y se sintió avergonzada. Creyendo que había hecho un papel ridículo para conseguir alcanzar las uvas, la zorra se dirigió al pájaro y le dijo:
-Yo hubiera conseguido alcanzar las uvas si ellas estuvieran maduras. Me equivoqué al principio pensando que estaban maduras pero cuando me di cuenta de que estaban aún verdes, he preferido desistir de alcanzarlas. Las uvas verdes no son un buen alimento para un paladar tan refinado como el mío.
Y fue así que la zorra siguió su camino, intentando convencerse de que no fue por su falta de esfuerzo que ella no había comido aquellas riquísimas uvas y sí porque estaban verdes.
¿Cuál es la moraleja de esta fábula?

Fuente: Guía Infantil
www.guiainfantil.com
La zorra y las uvas
 
La mesa de la abuela
Cuento popular

Érase una vez una débil anciana cuyo esposo había fallecido dejándola sola, así que vivía con su hijo, su nuera y su nieta. Día tras día la vista de la anciana se enturbiaba y su oído empeoraba, y a veces, durante las comidas, las manos le temblaban tanto que se le caían los chícharos de la cuchara y la sopa del tazón. El hijo y su esposa se molestaban al verle volcar la comida en la mesa, y un día, cuando la anciana volcó un vaso de leche, decidieron terminar con esa situación.
Le instalaron una mesilla en el rincón cercano al armario de las escobas y hacían comer a la anciana allí. Ella se sentaba a solas, mirando a los demás con ojos enturbiados por las lágrimas. A veces le hablaban mientras comían, pero habitualmente era para regañarla por haber hecho caer un tazón o un tenedor.
Una noche, antes de la cena, la pequeña jugaba en el suelo con sus bloques y el padre le preguntó qué estaba construyendo.
-Estoy construyendo una mesilla para mamá y para ti –dijo ella sonriendo–, para que puedan comer a solas en el rincón cuando yo sea mayor.
Sus padres la miraron sorprendidos un instante, y de pronto rompieron a llorar. Esa noche devolvieron a la anciana su sitio en la mesa grande. Desde entonces ella comió con el resto de la familia, y su hijo y su nuera dejaron de enfadarse cuando volcaba algo de cuando en cuando.
La mesa de la abuela
 
El hada y el leñador

No es bueno tomar las cosas por la fuerza sin tener en cuenta los sentimientos de los demás, porque luego puede que el mal que proyectas vuelva a ti en modo de lección. El protagonista del cuento lo sabe bien, y no quiere que le pase lo mismo a nadie más. ¡Por eso, lee su historia!

Había una vez un leñador muy amable que vivía en las montañas de un pueblo perdido de Corea del Sur con su anciana madre. Un día, un ciervo se acercó a él mientras cortaba leña. El ciervo le pidió al hombre que lo ocultara de los cazadores. Este le ayudó encantado, y el ciervo pudo salvarse. Y por eso el ciervo, que se sentía en deuda con el leñador, le dijo:
-Si vas al bosque que se esconde en aquella ladera de allá –dijo mientras señalaba con la cabeza hacia lo que parecía el infinito–, encontrarás a una hermosa hada, pues las hadas se bañan todos los días en esos ríos. Si le coges la túnica, el hada no será capaz de volver al cielo. Entonces, cásate con ella. Pero cuidado, no debes devolverle la túnica hasta que tengas tres hijos con ella. Es sabido por todos que si tienes tres hijos con un hada, nunca más podrá volver al cielo. –y de pronto el ciervo desapareció entre las montañas.
Aquella noche, el leñador le robó la túnica al hada. Unos minutos más tarde, todas las hadas volaron hacia el cielo excepto una, aquella que había perdido su túnica. El leñador le dijo que sólo se la devolvería si tenía tres hijos con él.
Volvieron al pueblo, se casaron y tuvieron dos hijos. Un día el hada rompió a llorar, y le rogó a su marido que le devolviera su desgastada túnica. El hombre, triste por ver a su mujer llorar, se la devolvió. Entonces, el hada volvió hacia el cielo con sus dos hijos en brazos, y el leñador se quedó estupefacto mientras miraba cómo se alejaban.
Un día, como el hombre echaba de menos a su familia, le contó su historia a su amigo el ciervo, y éste le dijo:
-No te preocupes, puedes escalar la montaña de nuevo. Detrás del bosque encontrarás una cuba que baja todas las noches para subir agua del río. Nadie lo sabe, pero si te subes, te lleva al cielo. Así podrás ver a tu familia.
El leñador siguió el consejo y logró subir al cielo, donde encontró a su familia y volvió a ser tan feliz como antes.
Aunque la nueva vida en el cielo con su mujer e hijos era maravillosa, el leñador no podía olvidar a su anciana madre que se había quedado sola en la tierra. Viendo esto, el hada le consiguió un caballo alado para que pudiera visitarla.
Ella entonces le dijo que podía bajar al pueblo montando en su caballo alado Pegaso, pero que no debía separarse ni bajar de él porque entonces no podría volver al cielo.
Al día siguiente, el leñador montó al caballo y juntos bajaron hasta el pueblo.
Allí encontró a su madre, en su antigua casa, los dos estaban muy felices de volver a estar juntos.
Su madre, al verlo tan agotado, le dio un cuenco de legumbres para que comiera algo, el leñador empezó a comer pero le cayó un poco de comida caliente en el lomo del caballo. Éste asustado dio un brinco y el leñador cayó al suelo. Libre de su carga, el caballo subió a todo galope al cielo sin mirar atrás, el hombre, que le gritaba: “¡por favor, por favor, no te vayas! ¡vuelve!”, pero el caballo nunca más regresó por él, y no pudo volver a ver ni a su mujer ni a sus hijos
Cuando un día habló con su amigo el ciervo, éste le dijo:
–Amigo mío, eres muy buena persona, pero tu pecado ha sido no valorar lo que tienes. Has deseado tenerlo todo, lo has tomado por la fuerza, y luego te has arriesgado a perderlo. Todo aquello que se consigue por la fuerza y por egoísmo, tiene un final tan triste como este.

Fuente: La casa Asia
www.educapeques.com
El hada y el leñador
 
El buen rey león
Fábula de Esopo

Había un león que no era enojoso, ni cruel, ni violento, sino tratable y justo como una buena criatura, por lo que llegó a ser el rey.

Bajo su reinado se celebró una reunión general de los animales para disculparse y recibir mutua satisfacción: el lobo dio la paz al cordero, la pantera al camello, el tigre al ciervo, la zorra a la liebre, etc.

La tímida liebre dijo entonces:
-He anhelado ardorosamente ver llegar este día, a fin de que los débiles seamos respetados con justicia por los más fuertes.

E inmediatamente corrió lo mejor que pudo.

Cuando se practica la justicia, los humildes pueden vivir tranquilos..., pero no confiarse.
El buen rey león
El ratón campesino El regalo mágico del conejito pobre El patito feo Gotita de agua, copito de nieve Los 3 cerditos y el lobo Los sueños del sapo
 

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