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EL PASEO DE MONTEJO
Por: Leopoldo Tomassi López

Los antiguos paseos urbanos fueron creados para satisfacer necesidades recreativas, exigencias arquitectónicas e imperativos de intercomunicación. En nuestros días, el funcionalismo de los grandes paseos y avenidas corresponde a la conveniencia de descongestionar el tránsito en el menor tiempo posible, sin olvidar las normas perspectivas y compositivas del urbanismo y de la suprema belleza.

Nuestra ciudad de Mérida, para solaz de sus habitantes, tuvo su primer paseo o alameda en 1792, llamado "de las Bonitas", en lo que hoy es la Calle Ancha del Bazar, al norte de uno de los templos mayas de la vieja Ichcaanzihó, que más tarde, durante la Colonia, fue convertido en el Convento de San Francisco, y después en la Ciudadela de San Benito. Don Lucas de Gálvez ordernó su construcción, disponiendo que tuviera "dos avenidas laterales para coches, y un camellón arborizado, en el centro, para peatones, con bancas de piedra y tres glorietas equidistantes, dos en sus extremos opuestos y una en el centro".

En 1832, había en Mérida cuatro paseos o lugares de reunión dominguera: la mencionada Alameda, el Camposanto, la Cruz de Gálvez y el Limonar, además de algunas llamados parques, que no eran ,en verdad, más que simples plazas áridas y polvosas. La Plaza de la Independencia, situada en el Centro de la Ciudad, era sitio amable de reuniones nocturnas.Durante los domingos, desde temprana hora, los habitantes se daban cita bajo los laureles que ya comenzaban a sombrear las bancas acogedoras. Hasta fines del siglo pasado dicha Plaza estaba cercada por rejas de hierro, macizas y decoradas.

Nuestra más importante y residencial vía de comunicación es, sin duda alguna, el Paseo de Montejo. Recordemos algunos interesantes y curiosos datos históricos de su construcción, tal vez olvidados:

2 de enero de 1888.- En el salón de actos del entonces Instituto Literario se celebró una solemnse sesión, presidida por el Gobernador, el General Don Guillermo Palomino, para estudiar la conveniencia y posibilidad económica de construir un paseo público que fuera digno de la ciudad de Mérida. Se aprobó la iniciativa y se nombró una junta directiva que se encargara de llevar a cabo tan magna obra, que quedó integrada de la siguiente manera: Presidente, don Gonzalo Peón, Vicepresidente, don Eloy Haro; Tesorero, don Fernando Cervera; Vocales, don José Goméz, don Gumersindo Ceballos y don Eulalio Casares, y Secretario, el autor de la iniciativa, ingeniero don Rafael R. Quintero. Otra comisión fue nombrada a fin de estudiar y señalar el lugar más adecuado para el citado Paseo, compuesta por los ingenieros don Gregorio G. Cantón, don David Casares y don Antonio Espinosa, y los ya mencionados directivos, ingeniero don Rafael R. Quintero y don José Gómez.

Tres días más tarde se conoció el informe de esta última comisión, que proponía "abrir las manzanas comprendidas entre las calles 58 y 56, al norte de la ciudad, desde el Parque de Santa Ana hasta la casaquinta de don Eusebio Escalante, situada en los confines de la ciudad". Una tercera comisión fue designada para recaudar y administrar los fondos necesarios, compuestas por los señores don Eloy Haro,don Fernando Cervera, don Eulalio Casares y don Gumersindo Ceballos, y que más tarde fue ampliada con los señores don Enrique Cámara, don Juan Hermida y don Manuel Rubio.

El 19 de enero del mismo año se aprobaron los detalles del proyecto definitivo, la ubicación del Paseo y su ancho de cincuenta y cinco varas, distribuidas de la siguiente manera: " una calzada central de 20 varas para carruajes y cabalgaduras; dos banquetas laterales de a 51/2 varas cada una para peatones, y dos calles laterales también, de a 12 varas de ancho cada una, paralelas a las banquetas, para el tránsito público". Cuando se comenzaron los trabajos se modificaron ligeramente los acuerdos, quedando como hasta hoy los conocemos: de 50 varas de ancho (cuarenta y dos metros). Se dio a conocer la lista de los predios afectados y la autorización del Ayuntamiento para comenzar las obras. Y por último, se tomó el acuerdo de llamarlo "Paseo del Adelantado Montejo".

Los trabajos de construcción fueron comenzados el 5 de febrero de 1888, "en medio del mayor entusiasmo de todos los habitantes de la ciudad". Hasta ese momento se habían reunido varias donaciones particulares, con suma de $5,858.00; pero el importe de los terrenos que tuvieron que adquirirse fue de $14,760. El déficit, de casi nueve mil pesos, "oportuna y espontáneamente" fue cubierto por los señores don Eulalio Casares, ingeniero don Rafael R. Quintero, don Fernando Cervera, don Eloy Haro y don Gonzalo Peón.

Poco después de iniciados los trabajos el entusiasmo de la iniciativa privada fue decayendo, debilitándose poco a poco por la falta de "colaboración oficial". Por tal motivo, las obras de construcción tuvieron que suspenderse durante diez años, hasta que en 1898 el Gobernador del Estado, General don Francisco Cantón, las reanudó con elementos económicos de la Tesorería General. En 1901 se habían construido 2,640 m2 de calzada central y 880 m2 de aceras laterales. Los trabajos de las terracerías se intensificaron todavía más, de manera extraordinaria, pues se tenía el propósito de terminarlos cuanto antes.

En enero de 1902, el General Cantón informaba al Congreso que " se habían construido ya 18,880 m2 de calzada central y 1,045 m2 de aceras".

El Paseo de Montejo, en su primer tramo comprendido entre la calle 47 y la glorieta de don Justo Sierra, fue terminado, tal como existe hasta hoy, por el gobierno del Licenciado Don Olegario Molina, y la erogación total fue como sigue:

Durante el año de 1880, por terrenos adquiridos: $14,760.00
Durante el año de 1880, por obras realizadas: $8,650.00
Durante los años de 1890 a 1901, por igual concepto: $46, 530.00
Durante los años de 1902 a 1906, por igual concepto: $102,182.00
Suma: $172,122.00

Hay quienes consideran, con exaltado y ciego regionalismo, que nuestro Paseo de Montejo es uno de los más bellos y modernos, digno de competir, por ejemplo, con el Paseo de la Reforma de la ciudad de México. No dejamos de sentir tristeza por atrevernos a contrariar tales aseveraciones, esto es, por señalar algunos de sus errores urbanísticos. Nuestro inmenso cariño por Yucatán, especialmente por Mérida, no nos impide reconocer los defectos de esta urbe.

Los ingenieros que se encargaron de proyectar y de trazar nuestro principal Paseo, a fines del siglo pasado, cometieron el gravísimo e irreparable error de construirlo en medio de una serie de manzanas existentes, en vez de prolongarlos sobre el eje de la calle 58, con la misma anchura que entonces se deseaba. Tal como se construyó quedaron a sus lados dos filas angostísimas de manzanas, de unos 30 a 35 metros de fondo, insuficientes para el tipo de residencias a que se destinaban. En esa época ya estaban abiertas las calles 56 y 58, y los propietarios de predios habían adquirido ya legítimos derechos para ocupar los frentes de cada una de esas calles. Si se hubiera aprovechado el eje de una de ellas (aún dándole al Paseo los 42 metros de ancho que actualmente tiene) hubieran quedado a sus lado manzanas más útiles, de unos ochenta metros de fondo, lo suficiente para dejar la mayor superficie sobre el Paseo y pequeños predios sobre las mencionadas calles 56 y 58. El resultado desfavorable se observó después, cuando se construyeron las primeras residencias sobre el Paseo de Montejo. Con el ancho actual de sus manzanas colindantes las casas parecen como "encajonadas", sin patios ni jardines suficientes y proporcionados a la importancia del Paseo.

Los árboles que lo decoran no fueron técnicamente seleccionados.Los ramones y tamarindos que existen en gemelas hileras por cada lado, no son precisamente los que debieron plantarse. En Yucatán hay otros más decorativos, de mejor sombra, de variadas copas y menos sucios durante gran parte del año. Aunque los primeros, periódicamente, rinden su estimable tributo al Ayuntamiento de la Ciudad, debemos reconocer que forman una cortina de intensa verdura, sin gracia alguna, que oculta las fachadas de casi todas las residencias. Sería discreto que ocultaran la fealdad insuperable de muchas, pero deben dejar visible la belleza ejemplar de otras tantas que bien pudieran lucir en cualquier capital del mundo. La arboricultura estética afirma la belleza del paisaje, pero en nuestro Paseo de Montejo se muestra como una interminable y monótona muralla verdinegra. La topografía forestal de ese Paseo debe responder a un plan de mayor belleza, de más definido sentido estético. habría que estudiar la manera práctica y económica de corregir sus desproporciones, su amontonamiento, su monocronismo.Bastó que se renovaran los árboles del Palacio de Don Francisco Cantón, hoy residencia oficial de nuestros gobernadores, para hacer resurgir, en toda su belleza renacentista, la almohadillada arquitectura de ese hermoso edificio. Cosa semejante podría hacerse con otras fachadas de igual calidad artística.

También fue un error, pero justificable por el insospechado predominio del automóvil y autobuses, a fines del siglo pasado, el empotrar los postes del alumbrado público precisamente en el centro de cada cruzamiento de sus calles perpendiculares. Ese error no se notó mientras no se pavimentaron las calles adyacentes, pero hoy constituye un peligro para el tránsito en la ciudad. Es más censurable el hecho de que nuestras autoridades no se preocupen por corregir esos males. Son muchas las desgracias automovilísticas que han tenido como causa principal la ubicación de esos postes de hierro en medio de las esquinas, a más de dificultar el libre tránsito por las calles que atraviesan el Paseo.

Algunos Ayuntamientos permitieron, lamentablemente, que muchas casas rebasaran sus obligados alineamientos, pero este es error que el tiempo y un Plano Regulador de la ciudad se encargarán de corregir oportunamente. Debería, cuanto antes, reglamentarse la altura de sus residencias y la belleza y estilo de cada una de ellas, para nivelar su estética, para evitar los grandes constrastes en calidad arquitectónica.

El Paseo de Montejo ha tenido tres prolongaciones, llevadas a cabo en épocas distintas. Su primitiva construcción partía de la calle 47 hacia el norte, hasta la glorieta en que se erigió el monumento a don Justo Sierra, con una longitud de 1,280 metros lineales. En el año 1925, el entonces Gobernador, doctor Álvaro Torre Díaz, lo hizo prolongar siempre hacia el norte, en un tramo de 440 metros lineales, hasta la glorieta que hoy sirve de escenario al monumento que realiza el escultor Rómulo Rozo. En el año 1938, el ingeniero Humberto Canto Echeverría mandó cambiar su nombre por el de Paseo de Nachi Cocom, aunque nadie, hasta la presente fecha, lo llama de este modo. Además, mandó su construir una amplia desviación hasta el Campo Deportivo Salvador Alvarado. El tercer tramo de su prolongación, torpemente retorcido, comunica la glorieta del inconcluso Monumento a la Patria con la Colonia México, siempre al norte de la ciudad, en una extensión de 1, 200 metros lineales, y fue ejecutado por el Ayuntamiento de Mérida.

Desde la época del General Salvador Alvarado, en 1916, se pretendió prolongar el Paseo de Montejo hacia el sur para comunicar nuestra más cara zona residencial con la comercial de la ciudad. Pero el mismo autor del proyecto, ingeniero Rolland, optó por no realizar las obras en vista de las complicaciones económicas, técnicas, sociales y urbanísticas que se presentaron. Esas mismas dificultades se presentarán en todo tiempo, por lo que tal vez debamos conformarnos con nuestro actual Paseo de Montejo tal como es y no como quieren otros que se llame y sea.