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Período del Porfiriato
A este episodio siguió uno de los períodos más importantes en la historia de Yucatán en general y de Mérida en particular: el auge henequenero, que dio a la entidad riqueza y prosperidad, y que vivió sus mejores días bajo la dictadura de Porfirio Díaz, cuyo poder terminó con la Revolución Mexicana de 1910.
 
"Los efectos del oro verde"
Los 30 años que duró el gobierno de Porfirio Díaz fueron de mucha actividad arquitectónica; la ciudad creció y se transformó considerablemente. Se construyeron El Paseo de Montejo y el de Reforma, que quedaron flanqueados de suntuosas residencias, al igual que las colonias en donde vivían las clases pudientes.
Durante el porfiriato el cultivo, la industrialización y el comercio del henequén generaron tantas ganancias que opacaron y prácticamente paralizaron en Yucatán otras actividades productivas tan importantes como la ganadería.
Todo esto propició la aparición de ciertas circunstancias políticas, económicas y sociales que se pueden sintetizar de la siguiente manera:

1
El afianzamiento de la paz interna aplicando los métodos políticos y gubernamentales establecidos por la dictadura.
2
La aparición de signos de prosperidad derivados del auge del henequén y que contribuyeron a la creación del sistema ferrocarrilero local y a la realización de importantes obras materiales en la ciudad de Mérida y otras poblaciones.
3
El nacimiento de una clase económica reducida que no solamente controló la riqueza (agricultura, finanzas, comunicaciones, etc.), sino también el poder político).
4
La profundización de las desigualdades sociales y económicas entre las diversas capas de la población yucateca. Como ejemplo principal de lo anterior, pueden citarse las condiciones de los peones de las fincas y de los trabajadores urbanos.
5
El clima de asfixiante opresión política creada por los jefes políticos en sus respectivas jurisdicciones, y que acabó con las prácticas democráticas y los más elementales derechos individuales.
"Todas estas circunstancias fueron a su vez propiciadas porque a la manera como sucedió en el centro de México durante el siglo XIX, en Yucatán seguían disputándose el poder el Partido Conservador encabezado por Francisco Cantón, y el Partido Liberal, encabezado por Olegario Molina. Los liberales, herederos de Cepeda Peraza y del Instituto Literario, se hicieron cargo del gobierno en 1902 e iniciaron con Molina y después con Muñoz Aristegui, un gobierno que solo caería con la revolución"

Este grupo, representado principalmente por los hacendados henequeneros y los políticos y comerciantes ligados a ellos, trae a Yucatán las modas y la cultura de vanguardia del mundo desarrollado, para su uso y goce exclusivos, llegando incluso al extremo de importar a los propios profesionales, artistas y técnicos para que les sirvan.
El auge henequenero y las condiciones sociopolíticas establecidas y sostenidas por el régimen porfirista en Yucatán, permitieron que un pequeño grupo de gente acaparara enormes riquezas y con ello el control cultural de la entidad, hecho que también influyó grandemente para producir esas circunstancias o características especiales de la arquitectura local.

"Los pros y los contras"
Todo esto genera entonces una notable modificación de la arquitectura regional, pues los antiguos modelos coloniales y los de la época independiente (con características muy similares) son violentamente transformados y sustituidos por las nuevas modas academicistas de corte ecléctico.
Esta transformación no solo se dio en la arquitectura de Mérida, sino que abarcó a toda la región, incluyendo a los ranchos y las haciendas.

El neoclásico en su versión decimonónica, el neogótico y la corriente ecléctica arquitectónica, se constituyen como modas que cunden, no solo entre el grupo de poder, sino también en el resto de la sociedad burguesa que de acuerdo con sus posibilidades, imita o interpreta los cánones formales y expresivos de estas corrientes, tendencias o estilos.
Esta industria registró en realidad un tremendo impulso desde 1880, ya que a partir de ese año se modernizaron los instrumentos de trabajo y los medios de comunicación y transporte; el mejor ejemplo es la introducción del ferrocarril, en 1875, con la ruta Mérida-Progreso. La red ferroviaria, que sirvió para aligerar el traslado de las pacas de henequén hasta el puerto para su embarque, se extendería después a otros lugares del estado como Valladolid, Peto y Ticul, y en 1898 se amplió hasta el estado de Campeche.

Así, resultado del orgullo de la romántica y positivista época porfiriana fueron las obras del alumbrado público, los tranvías, el tren, el saneamiento de la ciudad, aunque no pudieron beneficiar a toda la ciudad.
El telégrafo, introducido en tiempos del Imperio, también se extendió en gran parte de la región. Este mejoramiento de las comunicaciones llevó a los capitalistas yucatecos a pensar que Mérida -importante centro político y administrativo- no podía quedar al margen de las mejoras materiales que se daban en otras ciudades del país, así que de inmediato emprendieron su transformación.

Los servicios públicos fueron los primeros en modernizarse. El antiguo sistema de alumbrado de lámparas de petróleo dio paso a los focos eléctricos, principalmente en las calles del centro de la capital; se intentó pavimentar y adoquinar todas las calles, intento infructuoso debido a los lodazales formados por las lluvias; también se hicieron planes para un sistema de drenaje, pues los problemas sanitarios resultantes de la acumulación de agua y desechos orgánicos eran fuente de infección y muerte, sobre todo en la población infantil; sin embargo, el proyecto tampoco cristalizó.
La introducción de tranvías tirados por mulas también creó conflictos sanitarios, puesto que los desechos orgánicos de los animales eran una fuente continua de infección y contagio, aunque a final de cuentas el tranvía fue un elemento modernizador muy bien aceptado que pronto comenzó a recorrer los principales puntos de Mérida, situación que también ocasionó algunos accidentes como atropellamientos o caídas de pasajeros "pasados de copas".
El cambio de patrones culturales entre los Meridanos incluyó también el conocimiento de los grandes inventos de la época; como el fonógrafo y el cinematógrafo de Lumiére, con el que se ofrecían exhibiciones en el Teatro Peón Contreras y el desaparecido Circo Teatro Yucateco, así como los grandes progresos de la fotografía que se podían palpar en los periódicos locales.

En aquel periodo del gobierno porfirista, en el que aparentemente existía una "tranquilidad pública" muchos intelectuales mexicanos llegaron a pensar que el progreso del país era posible gracias al aprovechamiento del potencial de trabajo de una densa población indígena; así, pensaban, México se podía convertir en un país "civilizado", cómo los existentes en la Europa "culta y desarrollada".
Y para lograr tal transformación era necesario crear una imagen ante el exterior: se proporcionó información sobre el país en exposiciones internacionales de Francia y Estados Unidos a fin de promover las ventajas de invertir en México. Los esfuerzos rindieron frutos y capitalistas extranjeros, especialmente ingleses, comenzaron a impulsar diversas ramas de la economía nacional. Por otro lado, insistiendo en los postulados liberales que llevarían a México a integrar el grupo de "las grandes naciones", los intelectuales porfirianos hicieron énfasis en la educación y el trabajo.

"La riqueza proyectada de forma arquitectónica"
Es durante esta época que se construyen nuevos edificios para albergar instituciones públicas. El Registro Civil (64 entre 65 y 67) en 1905, los hospitales O'Horan y Ayala, inaugurados conjuntamente con la última etapa de la Penitenciaria Juárez por el presidente Porfirio Díaz en 1906. El local de salubridad en el paseo de la Reforma (72 por 55) en 1910, el Palacio Federal, ahora Correos, en 1908. También son edificadas las escuelas de los barrios de la Mejorada, San Sebastián y Santiago.

Se construye para adorno de la ciudad y satisfacción de la vanidad de la sociedad meridense el local magnífico del nuevo teatro Peón Contreras, inaugurado en 1908.
Aparecen también en esta época los primeros edificios construidos para hoteles, aunque ya existían casas adaptadas. El Gran Hotel en 1902 y pocos años después el Regis, ambos en la 60 por 59, son de tres plantas con patio de corredores y columnas corintias.

En la zona comercial hubo nuevos edificios: El Candado (60 por 65), El Siglo XIX y el edificio de la Ritter y Bock. También los locales de los bancos: Nacional de México, (50 por 56 ya demolido), el Banco Yucateco (58 entre 65 y 67) con su fachada neoclásica rematada por un gran frontón y el Banco Mercantil en la 65 entre 60 y 62.

Por su parte, el clero construyó la iglesia de San José de la Montaña al sur de la ciudad (60 por 79), la iglesia de Lourdes, consagrada en 1908, y el conjunto del "Pich": el ex asilo de huérfanos con su iglesia neogótica consagrada en 1890 (53 por 54). Se termina la construcción el templo de San Sebastián y anexo a él un cuartel con su portal al frente.

Hacia finales del siglo XIX, en 1883, se destruye la antigua casa de los Gobernadores para construir un nuevo local inaugurado en 1892, más de acorde con la dinámica económica de la explotación del henequén.
Sin embargo, lo que realmente definió a este período fueron las modificaciones urbanísticas: el Paseo de la 59, el paseo de la Reforma, y sobre todo el Paseo de Montejo; en todos éstos se construyeron espléndidas residencias para los hacendados y grandes comerciantes, que habían comenzado a construir en el camino y la plaza de Itzimná. Edificados desde finales del siglo XIX (y principalmente entre 1902 y 1905), éstas son casas rodeadas de jardines, de una o dos plantas, en muchos casos sobre sótanos o una elevación, en muchos casos con la decoración ecléctica en boga en aquel entonces.
Ejemplos de éstos son Las Casas Cámara y el Palacio Cantón en el Paseo de Montejo; la casa de las familias Monzo y Cicero en la Plaza de Itzimná, el Pinar y la ahora escuela para invidentes en la 60, así muchas otras hasta unas 40 aproximadamente.

De igual manera fueron construidos en el centro de la ciudad un gran número de casas de una y dos plantas, de gran tamaño conservando el patio central tradicional y el alineamiento. De los mejores ejemplos son el Instituto Benjamín Franklin, la casa del gobernador Olegario Molina en el parque de la Mejorada con 57; el actual local de la Biblioteca del Estado, el conjunto en el cruce las calles 61 por 66; el local de medicina familiar del IMSS (59 por 64), y la casa de la esquina sureste de la calles 60 por 69.
Hay algunos ejemplos como la Casa del Lagarto, las tres casas en la 59 en su tramo de la 61 por 54. En otros casos, a diferencia de las otras del centro, son antecedidas por un pequeño jardín o un portal y en algunas casas no cuentan con patio central. En este sentido son más cercanos a los del Paseo de Montejo e Itzimná en su aspecto compacto y extrovertido.
Es quizás éste periodo el de mayor riqueza pero menor originalidad arquitectónica, ya que fueron copiados de modelos extranjeros.

"La moda extranjera"
A este período corresponde la construcción de casas de madera con modelos de Estados Unidos.
Siguiendo la misma técnica de casas ajardinadas construidas a lo largo de avenidas arboladas, fueron construidos los nuevos desarrollos urbanísticos, como las avenidas Pérez Ponce, del Campo Deportivo y Colón, este último con el Parque de las Américas construido en los años 40s.

Además de transformaciones en el paisaje urbano y los problemas sociales que trajo consigo el desarrollo económico de Yucatán en las dos últimas décadas del siglo pasado, hubo otros aspectos de la vida social de Mérida que también presentaron sustanciales modificaciones en sus patrones culturales.
A través del comercio de importación de prendas de vestir europeas y diversos materiales utilizados en la industria henequenera, así como los viajes al extranjero de la élite hacendaria, se fueron adquiriendo elementos culturales extranjeros y novedosos para la sociedad yucateca del siglo XIX.

El caso más notorio fue el de la práctica de ejercicios físicos para mantenerse activos y en buen estado corporal, adquiriendo este culto a la personalidad una importancia cultural que se vio reflejada en varias publicaciones de ese período: esgrima, tenis, gimnasia, equitación y, sobre todo, las carreras de bicicletas, implantaron su presencia en Mérida. En el ya desaparecido "Sport Club" se organizaban competencias en terrenos cercanos a la quinta San Fernando, al norte de la ciudad e incluso se construyó un velódromo en el entonces pueblo de Chuminópolis; poseer una bicicleta en aquellos años significaba pertenecer a un estrato socioeconómico pudiente.
Sin embargo, la Mérida que vio llegar la modernidad porfiriana sufrió también un caudal de consecuencias no deseadas, ya que la capital experimentó una transformación cultural de la que derivaron numerosos problemas socioeconómicos.

"El lado oscuro"
Durante el porfiriato, Mérida también se llenó de problemas sociales de la época, como la criminalidad, la prostitución, un incremento de delitos de diversa índole, desde simples robos hasta homicidios; todo esto despertó gran preocupación entre los yucatecos de la capital. Esto es fácil de observar en diversos artículos de la época que trataban ese fenómeno social, que no sólo afectaba al sector más privilegiado económicamente de la sociedad, sino también a otros estratos como artesanos, comerciantes, estudiantes y hasta a amas de casa; la alarma creció cuando los robos llegaron a cometerse en comercios y casas del centro de la ciudad.

Ante tal situación, salió a relucir el lamentable estado en que se hallaban los cuerpos policíacos municipales: en 1882, no había más de 30 agentes, mal vestidos y con implementos de defensa inadecuados y lo que es peor, muchos afectos a ingerir bebidas alcohólicas durante el desempeño de sus funciones.

A pesar de los esfuerzos de los ciudadanos por contar con un cuerpo de seguridad efectivo -como una policía nocturna subsidiada por el Ayuntamiento y la Cámara de Comercio, y la creación de un instituto de vigilancia denominado La Gendarmería, con organización tipo militar que dependería directamente del gobernador- la criminalidad no disminuyó. El número de delitos siguió en aumento en décadas posteriores, lo que se atribuyó a la presencia de población foránea, como huastecos, canarios y chinos que, al no acostumbrarse a las labores de las haciendas henequeneras, habían optado por emigrar a la ciudad, en donde vagaban durante el día y cometían actos delictivos durante la noche.

Paralela a la criminalidad, la prostitución fue un fenómeno social y cultural que también repercutió en la época. El problema era tal que en 1881 el Ayuntamiento meridano elaboró un reglamento para las mujeres y casas públicas, a fin de evitar la propagación de enfermedades venéreas entre la juventud.

En Yucatán, ante la gran tensión que significó el aumento de los delitos urbanos, las autoridades tomaron en consideración las propuestas de varios intelectuales yucatecos -Eligio Ancona, Felipe Pérez Alcalá y Javier Santa María, entre otros- quienes desde los medios escritos de la época proponían la instauración del régimen de penitenciarias, sustituyendo la cárcel pública que funcionaba en la Ciudadela de San Benito, la cual ya resultaba inoperante por su hacinamiento e inseguridad.

Así, en 1897 se inició la construcción de la Penitenciaria Juárez en terrenos del desaparecido pueblo de Santa Catarina, la cual se inauguró en 1895.
 
 
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